En el corazón de Washington, un torrente de cambios sacude la comunidad de inteligencia de Estados Unidos. Desde la filtración de identidades de agentes de la CIA hasta el despido de aquellos que se atrevieron a desafiar la narrativa oficial de la Casa Blanca, la administración de Tulsi Gabbard ha desencadenado una reestructuración sin precedentes. Con recortes de personal que superan el 40%, el Centro contra Influencias Extranjeras Malignas sufre un golpe significativo, mientras la desconfianza y la incertidumbre reinan entre los profesionales del sector.
La reciente decisión de Gabbard de revocar las credenciales de seguridad de 37 funcionarios, muchos de los cuales han estado en el centro de las investigaciones sobre la interferencia rusa en las elecciones de 2016, ha generado un clima de miedo. Desde la comunidad de inteligencia se escuchan voces críticas, advirtiendo que esta estrategia no solo busca desmantelar la integridad de las instituciones, sino también silenciar cualquier disenso al crear un entorno en el que contradecir a la Casa Blanca se convierte en una cuestión de supervivencia profesional. ¿Quién se atreverá, entonces, a brindar análisis claros y objetivos en un contexto donde el cumplimiento y la conformidad predominan?
En medio de esta tormenta, figuras como el exdirector de la CIA, William Burns, han levantado la voz. Su carta a los funcionarios públicos excluidos ejemplifica la preocupación de que estos movimientos no son sólo reformas, sino represalias que socavan la confianza en el sistema. En un momento histórico en el que el Kremlin observa con satisfacción, el futuro de la inteligencia estadounidense pende de un hilo, y la autopreservación parece haber reemplazado el compromiso con la verdad dentro de sus filas.
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