La propuesta de «doble circulación» de Xi Jinping en 2020 inauguró una nueva era en la economía china, inicialmente vista como un intento de aislacionismo enfocado en las exportaciones. Hasta 2025, China logró un superávit comercial sorprendente, impulsado por iniciativas como la Franja y la Ruta. Sin embargo, el enfoque de Pekín ha comenzado a transformarse, adoptando una estrategia más sutil que prioriza la integración de empresas y cadenas de valor chinas en mercados extranjeros, creando nuevas formas de influencia económica en regiones como el Sudeste Asiático y América Latina.
Este cambio de táctica responde a la creciente resistencia en Europa y otros lugares ante prácticas chinas como la «diplomacia de la trampa de la deuda», donde los países se ven obligados a ceder activos por no poder cumplir con sus obligaciones. En lugar de adquirir corporaciones a gran escala, China ahora está fomentando un comercio intensivo y asociaciones microempresariales, estableciendo fábricas en diversas regiones, como Bulgaria, donde las empresas chinas colaboran con negocios locales en múltiples sectores. Este enfoque es menos visible y, por lo tanto, potencialmente más dañino para la industria europea, ya que evita las regulaciones existentes que buscan controlar inversiones significativas.
A medida que se intensifica la competencia en el mercado interno, las empresas chinas están buscando agresivamente oportunidades en el extranjero, apoyadas por un gobierno que impulsa la expansión internacional y facilita acuerdos de libre comercio. Las inversiones recientes de empresas chinas en Europa, incluso tras episodios de tensión por deudas, evidencian una resiliencia notable y una capacidad para adaptarse a las nuevas realidades del mercado global. La evolución de la estrategia económica exterior de China podría acelerar la desindustrialización en la UE y ofrecer oportunidades únicas para que Pekín amplíe su presencia en este complejo panorama geoeconómico.
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