La tensión se palpa en el ambiente cuando Iván, un ingeniero electrónico de Barcelona, se encuentra en el centro de atención del popular concurso «¡Allá tú!». Este padre de familia, quien comparte su vida y su estrategia con su hijo, ha decidido jugar con la caja número 22, conocida popularmente como los «dos patitos». Lo que sucede a continuación es pura adrenalina y una jugada que será recordada por mucho tiempo.
Con una oferta inicial de 10.000 euros que decide rechazar, Iván avanza con firmeza. A medida que abre las cajas, el nerviosismo se transforma en euforia. Consigue eliminar las cajas con cantidades bajas de dinero, brindándole la seguridad necesaria para continuar desafiando a la banca. Su estrategia es clara: nunca soltar la caja que eligió al inicio del juego.
«No puedo creerlo», exclama tanto él como el presentador Juanra Bonet cuando los números comienzan a alzarse. A medida que avanza el juego, la banca hace una oferta sustancial de 19.740 euros, que también es denegada con un gesto de resolución. La tensión alcanza su punto álgido cuando se le ofrece 42.000 euros por su caja, un movimiento arriesgado que suspende el aliento de la audiencia.
En este contexto, el concursante demuestra una determinación asombrosa. Con cada caja que abre, desecha cantidades menos favorables, lo que le permite acercarse a un premio mayor. Finalmente, la banca le presenta su última propuesta: un trueque que le garantizaría ganar entre 50.000 y 75.000 euros. Sin vacilar, Iván se aferra a su elección original. Al final, su valentía y resolución le otorgan el mayor premio de la temporada: 75.000 euros.
La historia de Iván no es solo un testimonio de suerte y decisiones estratégicas, sino también un reflejo de su carácter tenaz. En medio del juego, la evolución emocional de este concursante se convierte en el alma del espectáculo, llevándonos a todos al filo de la butaca y recordándonos que, a veces, lo que más cuenta no son los números, sino la historia detrás de ellos.

















