La industria automotriz estadounidense parece estar viviendo un renacer, y el presidente Donald J. Trump está a la cabeza de esta revitalización. En su visita a Michigan, donde tuvo la oportunidad de recorrer la planta que arma la emblemática camioneta Ford F-150, Trump celebró los logros alcanzados bajo su administración en el sector automotriz, prometiendo un futuro aún más brillante para este pilar de la economía estadounidense.
El año pasado fue emblemático. Las ventas de vehículos nuevos alcanzaron cifras récord, superando los resultados de 2019. Las grandes marcas están reportando éxitos impresionantes: Ford alcanzó su mejor cifra de ventas en seis años, mientras que General Motors destacó por su notable desempeño en SUVs. Stellantis, por su parte, vio un aumento en las ventas de la marca Jeep, algo que no sucedía desde 2018. Este impulso en las ventas no solo significa un aumento en la producción, sino también en la confianza del consumidor en el sector.
No solo se trata de cifras, sino de la accesibilidad de los vehículos. Con la disminución en los precios tanto de vehículos nuevos como usados desde el inicio de la presidencia de Trump, los estadounidenses están viendo un alivio en sus bolsas. Este fenómeno va de la mano con la caída de los costos en mantenimiento y seguros, así como un abaratamiento del combustible a sus niveles más bajos en casi cinco años. Además, la posibilidad de deducir intereses de préstamos para automóviles fabricados en EE. UU. añade otro incentivo para quienes buscan un nuevo vehículo.
El presidentes ha impulsado inversiones masivas en la manufactura nacional. Empresas importantes como Ford y General Motors están destinando miles de millones de dólares para ampliar sus instalaciones en Estados Unidos, creando empleos bien remunerados y fortaleciendo las cadenas de suministro en el país. Esta tendencia se siente especialmente en estados como Michigan, donde la manufactura automotriz es parte del tejido cultural y económico.
Sin embargo, no todos ven la administración de Trump con buenos ojos. A pesar de las críticas y advertencias sobre el posible impacto negativo de las tarifas comerciales, la realidad parece contradecir los pronósticos. Los analistas esperaban un aumento en los precios de los vehículos debido a estas tarifas, pero hasta el momento, no ha habido un impacto significativo. El CEO de Ford, Jim Farley, incluso ha calificado el efecto de estas tarifas como un «gran hecho» para la manufactura estadounidense.
Las regulaciones, a menudo consideradas un obstáculo, también han experimentado un giro bajo la administración Trump. La revisión de las estrictas normas de economía de combustible y la eliminación de requisitos impopulares han ofrecido un respiro a los fabricantes. Estas reformas son vistas por muchos en la industria como movimientos sensatos que promueven la asequibilidad y la competitividad.
Un cambio de esta magnitud en la industria automotriz no solo es una victoria económica, sino también una reafirmación de la identidad nacional. La capacidad de recuperar y fortalecer una industria clave refleja el espíritu resiliente del país y su compromiso con un futuro automotriz más brillante. En un momento donde la innovación y la tradición se entrelazan, el camino hacia adelante promete estar lleno de oportunidades y desafíos. Sin duda, el viaje apenas comienza.
Fuente: WhiteHouse.gov

















