Reflexiones Presidenciales en el Aniversario del Fallecimiento de San Juan Pablo II

Melania y yo nos unimos hoy a millones de católicos y a aquellos que aman la libertad en todo el mundo para rendir homenaje a la inmarcesible herencia de Su Santidad el Papa San Juan Pablo II, un hombre de fe profunda, un verdadero defensor de la libertad y uno de los más fervientes defensores de la dignidad humana que haya existido.

Desde joven, en los tiempos de la brutal ocupación nazi en Polonia, el futuro santo forjó una conciencia inquebrantable fundamentada en la santidad, la virtud y el valor moral. Como sacerdote, obispo y, más tarde, líder de la Iglesia Católica, trabajó incansablemente como testigo de esperanza, proclamando las verdades eternas de la fe cristiana a todas las naciones de la Tierra.

Frente al socialismo ateo, la persecución religiosa, el antisemitismo y otras amenazas a la dignidad y libertad humanas, el Papa Juan Pablo II desencadenó una revolución moral y espiritual que condujo a la derrota del comunismo soviético y a la liberación de naciones cautivas en Europa. Transformó las relaciones entre las comunidades cristianas y judías, expresando la profunda y duradera solidaridad de la Iglesia Católica con el pueblo judío. Además, reafirmó valientemente la identidad cristiana y los fundamentos religiosos de la civilización occidental, tocando innumerables corazones en su búsqueda del bien, la verdad y la belleza.

En 1979, apenas ocho meses después de asumir el papado, el Papa Juan Pablo II regresó triunfalmente a su tierra natal, en aquel entonces bajo el régimen comunista, y proclamó en su primer sermón que ningún gobierno tiene el derecho de separar a los pueblos de Dios. Durante su legendario discurso, recordó que “el hombre es incapaz de entenderse plenamente sin Cristo. No puede comprender quién es, ni cuál es su verdadera dignidad, ni cuál es su vocación, ni cuál es su fin último, sin Cristo”. Como respuesta, la multitud entonó “¡Queremos a Dios!”.

Hoy, nuestra nación anhela a Dios de una manera similar, no ante un gobierno tiránico, sino por una cultura que ha sido despojada de su esencia durante demasiado tiempo. Aplaudo a los millones de jóvenes estadounidenses que están liderando este gran despertar en la fe, y sé que el testimonio del Papa San Juan Pablo II seguirá inspirando a muchos más a redescubrir a Dios una vez más.

Al recordar la vida y legado del Papa Juan Pablo II, especialmente en este 250 aniversario de la independencia estadounidense, se nos recuerda que, para ser una gran nación, nunca debemos abandonar nuestra fe en Dios, nuestro amor por la patria y nuestra devoción a la libertad. Durante esta Semana Santa y a lo largo de la temporada de Pascua, animo a cada estadounidense a mantener viva la memoria del Papa San Juan Pablo II para las generaciones venideras.

Fuente: WhiteHouse.gov

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