En una sorprendente década, la OTAN ha experimentado un ciclo emocional marcado por la complacencia estratégica, seguida de lo que algunos han calificado como «muerte cerebral» y un posterior renacimiento gracias a la agresión rusa en Ucrania. La Alianza, que había perdido su rumbo en tiempos de incertidumbre geopolítica bajo la presidencia de Donald Trump, ha visto cómo su estructura y misión se reconfiguran en un contexto en el que la participación de Estados Unidos es cada vez más ambivalente. Con aliados como Finlandia y Suecia integrándose, la OTAN parece recuperarse, aunque las tensiones internas y las preguntas sobre su futuro persisten.
Trump, durante su mandato, lanzó críticas contundentes sobre la contribución de los países europeos al presupuesto de defensa, desafiando la esencia del compromiso mutuo que ha sostenido a la Alianza desde su creación. A pesar de que la invasión de Ucrania revitalizó el sentido de unidad, la sombra de la dependencia estadounidense sigue latente. La postura del exmandatario, que desafía el principio de defensa colectiva, ha llevado a algunos líderes europeos a cuestionar la viabilidad de la OTAN en su forma actual, contribuyendo al ambiente de incertidumbre que rodea a la organización.
A medida que el debate sobre el futuro de la Alianza se intensifica, voces influyentes dentro de Europa hacen un llamado a reassumir la responsabilidad por su propia defensa. El temor a un “zombi estratégico” se cierne sobre la OTAN, y con Trump nuevamente en el escenario, los líderes deben navegar cuidadosamente para evitar que la organización pierda su relevancia. En este contexto, los expertos advierten que solo reconociendo los desafíos y limitaciones actuales, así como apostando por una mayor autonomía militar, podrá Europa trabajar hacia una defensa más sólida y resolutiva en un mundo de crecientes tensiones.
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