A veces, el lenguaje corporal revela más sobre geopolítica que cualquier comunicado oficial. Hace unos días, un periodista preguntó a Milorad Dodik qué le había impedido viajar a Moscú para reunirse con Vladímir Putin. El líder serbobosnio dudó, carraspeó varias veces y evitó dar una respuesta clara. El gesto, más que las palabras, hablaba por sí solo: el hombre al que lleva años acomodando no parece dispuesto a verle. Y justo cuando más lo necesita.
Para entender este desplante, empecemos por el principio. Dodik es el presidente de la República Srpska, la región autónoma de mayoría serbia que, junto con la Federación de Bosnia y Herzegovina —de mayoría bosníaca y croata—, forma el Estado bosnio. Su gran estrategia como gobernante ha sido atar su futuro político a la figura de Vladímir Putin y convertirse en un brazo ejecutor de la influencia de Moscú en la región. Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, ha visitado al menos cinco veces al mandatario ruso y ha convertido la República Srpska en una cámara de resonancia del denominado “Mundo serbio” (Srpski svet), un sucedáneo del proyecto “Mundo ruso”. Esta doctrina fue legitimada por la Asamblea pan-serbia, celebrada en Belgrado en junio de 2024, y que recomendó «que las instituciones de la República de Serbia y de la República Srpska actúen de manera unificada y coordinada para detener la asimilación de los serbios en los estados de la región».
Dodik, el pasado 26 de febrero fue declarado culpable de haber actuado contra el Alto Representante en Bosnia, Christian Schmidt. Esta figura es una autoridad internacional nombrada por los países garantes de los Acuerdos de Paz de Dayton —el pacto que puso fin a la guerra de Bosnia en 1995— y tiene la capacidad de imponer leyes o destituir a funcionarios si considera que se amenaza la estabilidad del país.
Lo que llevó a Dodik ante los tribunales fueron dos leyes aprobadas por la Asamblea de la República Srpska que desafiaban abiertamente esa autoridad. Una de ellas suspendía la aplicación de las decisiones del Tribunal Constitucional bosnio en territorio serbobosnio; la otra impedía publicar oficialmente las decisiones del Alto Representante, con lo que se bloqueaba su ejecución práctica. Desde el nombramiento del político alemán por el Consejo de Aplicación de la Paz en 2021, las relaciones entre Schmidt y Dodik han sido particularmente tensas, por no decir beligerantes.
El tribunal bosnio anunció la pena de prisión de un año para Dodik y se le impuso la prohibición de ejercer el cargo de presidente de la República Srpska durante un período de seis años, a partir de la fecha en que el veredicto sea firme (el líder serbobosnio puede recurrir); pero Dodik le niega cualquier legitimidad a lo que él y sus próximos llaman el «Sarajevo político», remarcando que todo se trata de una persecución orquestada por los bosníacos.
A continuación, el 6 de marzo, Dodik aprobó un plan legal de desconexión, con la promulgación de varias leyes que imposibilitaban a las autoridades centrales como la Fiscalía, el Tribunal Constitucional o la Policía bosnia operar en territorio de la República Srpska. El 13 de marzo, el Parlamento local aprobaba el proyecto de una nueva constitución que refuerza los conceptos de autodeterminación y que permite a la entidad la unión con otros estados o grupos de estados, es decir, la secesión. El borrador incluye también la creación de un ejército propio. Finalmente, el 17 de marzo Dodik era informado junto con el primer ministro de la entidad, Radovan Višković, y el presidente de la Asamblea Nacional, Nenad Stevandić, de que en cualquier momento podían ser arrestados por conducta inconstitucional tras negarse a presentarse a la citación de la Fiscalía bosnia.
Arrinconado, Dodik planeó viajar a Moscú el 18 de marzo, cuando la tensión era más elevada. Sin embargo, parece que Vladímir Putin le ha dado la espalda, a través de una llamada del ministro de Exteriores Sergei Lavrov, tal como citan los medios bosnios. Putin, presumiblemente, está centrado en encontrar una solución beneficiosa para sus intereses en las negociaciones impulsadas con Trump para Ucrania, y Dodik ahora mismo solo es un obstáculo. Lo único que hizo la Federación Rusa fue llevar la orden de arresto al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero no ha tenido más recorrido que el gesto simbólico.
Las declaraciones de los miembros del Consejo de Seguridad reflejan un consenso casi unánime en que la soberanía, la integridad territorial y la independencia política de Bosnia y Herzegovina no son motivo de debate. De manera significativa, el representante estadounidense expresó un fuerte respaldo a la EUFOR (fuerzas de la UE en el país) y subrayó que Washington se encuentra en coordinación con sus socios internacionales. La apuesta de Dodik por ganarse el favor de Donald Trump, celebrando su victoria electoral, entre otros gestos, no ha tenido ningún fruto de momento. El secretario de Estado, Marco Rubio, lo considera un elemento desestabilizador. Por otro lado, China, si bien es cierto que no reconoce la autoridad del Alto Representante, ya que se opuso al nombramiento del político alemán, defiende sin fisuras la integridad territorial del país.
Rechazo no muy diferente ocurre con el presidente serbio Aleksandar Vučić, que afronta la mayor crisis política de la última década. Las fuertes movilizaciones contra el gobierno por parte de los estudiantes concentraron recientemente la mayor manifestación de la historia de la capital serbia. Vučić y Dodik solo intercambiaron una llamada telefónica. Durante la crisis, la EUFOR ha aumentado su contingente militar en el país y desde Belgrado solo se habla de estabilidad regional, sobre todo tras la reunión que Vučić mantuvo con la comisaria europea Marta Kos y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, la semana pasada en Bruselas.
Hungría es el único rayo de esperanza para Dodik. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, lleva años estrechando los vínculos con el líder serbobosnio y el viceministro húngaro de Asuntos Exteriores y Comercio, Levente Magyar, se pronunció recientemente a su favor mientras estaba de visita oficial en Bania Luka, la capital de la República Srpska: «Lo que Occidente está haciendo con los serbios en Bosnia y Herzegovina no es correcto; no pueden tratar a este país como un enemigo ni considerar a la República Srpska y a Dodik como adversarios. El pueblo serbio es un pueblo orgulloso y no debería tolerar esto. Nuestras relaciones son tales que los apoyamos sinceramente, al igual que Serbia».
Pero Orbán no será suficiente, por sí mismo, para salvar a su aliado. En estas horas todavía se especula sobre el futuro de Dodik, cada vez más aislado. La coalición gubernamental rechazó la propuesta de los tres políticos serbobosnios imputados, que ofrecía derogar las leyes inconstitucionales aprobadas a cambio de amnistía, prueba de debilidad política de Bania Luka o de la fortaleza de Sarajevo.
Sobre el escenario tres alternativas: la huida de Dodik a Jerusalén (ha buscado acercarse a Israel), Belgrado o Budapest, como también hizo el ex primer ministro macedonio Nikola Gruevski, otro protegido de Orbán, en 2018; la continuación del proceso judicial o un conflicto que no quieren las potencias internacionales, ni parece que tampoco los serbobosnios, quienes no acudieron en masa a jalear a Dodik durante las protestas de finales de febrero en la capital de la República Srpska.