Para Manu Pascual, el bote de Pasapalabra no es solo una cifra astronómica que ya supera los 2,5 millones de euros. Es, más bien, el desenlace lógico de una travesía televisiva sin precedentes, forjada a base de constancia, resistencia psicológica y una convivencia diaria con una presión que pocos concursantes han logrado sostener durante tanto tiempo. Convirtiéndose en el participante más longevo de la historia del programa y el primero en alcanzar los 400 episodios de forma ininterrumpida, el madrileño se encuentra en la recta final con la serenidad de quien ha estado meses cultivando la posibilidad de ganar, mientras lidia con el vértigo de perderlo todo con una sola palabra.
En este delicado equilibrio emocional, Manu ha expresado claramente sus intenciones en caso de coronarse ganador. Para él, al igual que para su rival Rosa Rodríguez, la prioridad es su entorno más cercano. “Lo primero que haría con el bote es que mi familia tuviese todos sus gastos cubiertos”, manifestó, reconociendo que una cantidad de tal magnitud puede cambiar no solo una vida, sino varias. Su enfoque es pragmático, alejado del derroche, reflejando su perfil sobrio y reflexivo dentro del concurso.
Además, una parte significativa del premio sería destinada a su formación. Licenciado en Psicología, Manu ha dejado claro que necesita invertir en su futuro profesional. “Educarse no es barato, y yo tengo que seguir haciendo másteres para dedicarme a la Psicología”, destacó. Para él, el dinero no representa un final, sino una herramienta para ampliar sus horizontes después de casi dos años de vida en un plató.
El discurso de Manu resuena con la imagen que ha cultivado durante su paso por Pasapalabra: un concursante metódico, reflexivo y centrado en el largo plazo más que en la recompensa inmediata. No es casual que haya estado a un paso del bote en seis ocasiones, quedándose a una palabra de lograrlo. Este viaje ha sido una lección constante sobre cómo manejar la frustración sin perder la meta de vista, y así describe su relación con el bote como “un compañero de viaje”. “Lo he mimado y cocinado”, admite, en una metáfora que refleja su dedicación y cuidado hacia el premio, que cuando entró en juego estaba en los 100.000 euros.
Solo después de asegurar estas bases —la estabilidad de su familia y su formación— se permitiría algún capricho personal. Pero nuevamente, su elección está muy alejada del típico retrato del ganador ostentoso. “El capricho que me concedería serían viajes para conocer mundo”, revela. Un deseo vinculado a vivencias y no a exhibiciones, en sintonía con alguien que ha demostrado que el conocimiento y la paciencia son aún valores fundamentales en la televisión.
Mientras tanto, Antena 3 ha confirmado que el bote tiene dueño y se emitirá próximamente. La contienda entre Manu y Rosa ha elevado el nivel del concurso a una dimensión sin precedentes, con tasas de aciertos que rozan la perfección, y una rivalidad basada en el respeto mutuo más que en el espectáculo superficial. En este contexto, Manu Pascual no solo está a un paso de alcanzar un premio millonario: está a punto de cerrar un capítulo de una historia que ya es considerada como una de las gestas más extraordinarias de la historia de Pasapalabra.
Si finalmente se lleva el bote, su relato no se reducirá a una suma de euros, sino que se contará en tardes de resistencia, en sillas azules superadas y en una lección silenciosa sobre la perseverancia en momentos críticos. Gane o no, ya se ha convertido en una figura irrepetible dentro del concurso, dejando una huella profunda en la memoria colectiva de los espectadores.

















