Paradores celebra este año en los 95 establecimientos de su red el 90 aniversario de la apertura del primer Parador en Gredos. Hoy lo ha conmemorado en el de Manzanares con el tejido asociativo y empresarial de esta localidad, donde desde 1932 presta servicio junto a la carretera de Andalucía. Su director, Pedro Carreño, ha resaltado el positivo crecimiento del Parador mientras que el alcalde manzanareño, Julián Nieva, ha hecho un reconocimiento a la plantilla y expresado el apoyo municipal a un establecimiento que la ciudad siente como propio.

El Parador de Manzanares ha vivido 86 de los 90 años(link is external) que ahora celebra la red. Es uno de sus primeros establecimientos y el primero de los albergues de carretera, algunos de cuyos elementos arquitectónicos mantiene como único legado que aún se conserva en España de esa apuesta estatal por el turismo hace casi un siglo.

Es, como ha destacado su director, la empresa más antigua de Manzanares, donde se han vivido eventos de todo tipo. “El Parador ha formado parte de nuestras vidas”, según Pedro Carreño, quien apuesta por mantener esa simbiosis entre la ciudadanía y un establecimiento que está despuntando de nuevo entre el sector empresarial.

Carreño ha destacado en el acto el buen momento que vive un establecimiento del que se siente orgulloso por el buen hacer de sus profesionales a lo largo de tantas décadas, un ejemplo para muchos trabajadores de la red que se han formado aquí. Como ejemplo, recordó que ya en 1933, dos empleadas del Parador fueron condecoradas por el Consejo de Ministros al devolver un maletín olvidado por unos clientes con más de un millón de francos. “Desde su inicio, la plantilla de Manzanares es un ejemplo”, ha afirmado.

En este 90 aniversario de la red, el alcalde de Manzanares también ha resaltado el papel de las diferentes plantillas del Parador y de sus actuales 40 trabajadores. Según Julián Nieva, “los recursos humanos son el capital más importante de una empresa”. Por ello, y sin citar los malos momentos que vivió la plantilla en 2012 con la amenaza de cierre del establecimiento, ha expresado el apoyo municipal al Parador. “Es algo nuestro, lo sentimos como nuestro y que nadie nos lo toque”, ha declarado a los medios.

Nieva ha mostrado su satisfacción por el alto nivel de ocupación y actividad del Parador, que dispone de 50 de las 532 plazas hoteleras de una ciudad cuya apuesta por el turismo cultural también se está dejando notar en los establecimientos hosteleros con un “considerable” aumento del número de pernoctaciones, a la par del crecimiento de visitantes de los museos municipales.

El alcalde ha confiado en que los importantes proyectos industriales y de ampliación empresarial que vivirá Manzanares también redundarán en establecimientos como el Parador, sin olvidar la apuesta cultural y turística en el contexto provincial. Por ello, en una época en la que en los viajes por carretera ya no son necesarias las mismas escalas que en 1932, “tenemos que trabajar todos juntos para que la parada en Manzanares sea una opción posible”, ha dicho reiterando su apoyo al establecimiento.

86 años del Parador de Manzanares

El Parador de Manzanares se abrió en 1932. Ha superado crisis, guerra y dictadura. Aquí pasaron sus últimas noches los toreros Sánchez Mejías y Manolete. Aquí se inspiró Pedro Muñoz Seca para su obra “El Refugio”. Incluso aquí se celebraron reuniones donde se gestó lo que hoy es Castilla-La Mancha.

En 1928 se inauguró el primer parador, el de Gredos. Un año después se abrió el de Cádiz. En 1930 llegaron los de Alcalá de Henares, Oropesa y Úbeda, a los que siguieron el de Ciudad Rodrigo en el 31, el de Manzanares en el 32 y el de Mérida en el 33.

Una de las primeras decisiones del Patronato Nacional de Turismo, creado en 1928, fue el desarrollo de una red de Albergues de Carretera, integrada en la Junta de Paradores y Hosterías. El objetivo de esta iniciativa era ofrecer un refugio a los conductores que recorrían las grandes distancias que en España separaban los núcleos importantes de población y los entornos rurales. Estas vías no contaban con alojamientos cómodos para los viajeros. Ante esta situación, se decidió dividir estos trayectos en etapas y crear al final de cada una de ellas un albergue, donde el viajero pudiera encontrar los servicios necesarios para descansar y continuar su viaje.

Con vistas a una mayor economía en la construcción, se determinó, como norma básica, un tipo único de edificio, que fuera fácilmente reconocible y que conjugara la comodidad moderna con unas proporciones reducidas que permitieran un coste bajo en mantenimiento. Se estimó que cada refugio debía tener capacidad para atender a tres automóviles diarios, teniendo en cuenta que en cada vehículo podían viajar hasta cuatro personas. Así se decidió que cada albergue contaría con cuatro habitaciones de dos camas y otras cuatro individuales, además de dos cuartos de baño completos con ducha.

La entrada al albergue se haría por medio de una desviación de la carretera y dispondría de un vestíbulo, con cabina de teléfono, servicios y recepción. A la izquierda, un salón de estar con chimenea para leña y, a continuación, un comedor en forma de rotonda con terraza al exterior y jardín, donde podrían servirse comidas. Para el comedor se preveía una capacidad simultánea de 30 personas. A la derecha se extenderían las oficinas de la administración y las habitaciones particulares del administrador.

También en la planta baja deberían situarse los servicios de cocina, oficio, cámaras frías, almacén y comedor de mecánicos, así como jaulas para tres coches, clínica de urgencia y pequeño taller de reparaciones.

Resueltos los principios generales, debía acometerse el problema de emplazamiento. Para ello se estimó que los albergues debían ubicarse al final de una etapa lógica, teniendo en cuenta las características de cada carretera. Además, el edificio debía de tener fácil acceso, un comedor orientado al mediodía y existencia de agua potable en las cercanías. De esta forma se aprobó la construcción inmediata de doce albergues, en los siguientes emplazamientos: Aranda de Duero, Almazán, Medinaceli, Pantano de la Peña, Quintanar de la Orden, Manzanares, Bailén, Antequera, Benicarló, Puerto Lumbreras, La Bañeza y Puebla de Sanabria.

Se convocó en consecuencia un concurso de anteproyectos, al que se presentaron más de sesenta arquitectos. El jurado calificador, compuesto por los arquitectos López Otero, Flórez y Muguruza y el jefe de la asesoría de alojamientos del Patronato de Turismo, falló a favor del presentado por los arquitectos Martín Domínguez y Carlos Arniches, a los cuales se encargó la dirección de las obras una vez aprobado el proyecto y su presupuesto, que para los doce albergues ascendió a la cifra de dos millones y medio de pesetas.

En 1929 se procedió al replanteo y comienzo de las obras de los albergues de Manzanares, Quintanar, Benicarló y Almazán, realizándose simultáneamente gestiones para la obtención de terrenos para la ubicación de los establecimientos restantes. Los materiales utilizados en las obras respondían a una intencionalidad funcionalista y a una sencillez cercana al racionalismo, conceptos que al mismo tiempo se conjugaron con el respeto a la tradición local, que se reflejó en el uso masivo del ladrillo.

Fue una arquitectura de la que se hicieron desaparecer todos los rasgos historicistas. La ordenación en planta del edificio respondía a las exigencias de adaptación y a los condicionantes de calidad de los promotores, basados en un higienismo que proponía el contacto directo de los usuarios con la naturaleza. Con estos principios, el pabellón del Albergue se resolvió por medio de la agrupación en línea de las zonas comunes, recepción y comedor, que se abren, con una gran vidriera de cinco metros de longitud, hacia un huerto o jardín, consiguiendo así la integración de los diferentes locales con la naturaleza. La entrada fue coronada con unas típicas marquesinas triangulares de hormigón, diseñadas por Eduardo Torroja, que dotaron de personalidad al establecimiento y sirvieron como seña de identidad de la Red de Paradores.

De esta forma abrió el Albergue de Manzanares en primer lugar, seguido de los de Bailén y Quintanar. Los escasos medios del Patronato y la subida de los precios de los materiales obligó a reducir a diez el proyecto primitivo de doce establecimientos.

Albergue de Turismo de Manzanares

El Albergue de Manzanares fue ubicado en el kilómetro 175 de la Carretera de Madrid a Cádiz. Su finalidad, al igual que la del resto, era ofrecer a los viajeros, servicios de alojamiento y restauración, a cualquier hora del día o de la noche y con calefacción en invierno. Su dotación, para la época, era de verdadero lujo: los colchones de muelles, inauditos en España, se importaron de Inglaterra, y entre los electrodomésticos se contaba con un frigorífico General Electric y una radio pick-up americana. La instalación se completaba con dos baños completos. Manzanares es el único Parador que aún conserva la barra de bar y el salón de chimenea redonda originales de los albergues.

Las tarifas de apertura fueron las siguientes: la habitación doble costaba 20 pesetas, 10 la individual, 6 pesetas el almuerzo o la cena, 2,50 el desayuno y se aceptaban perros, por 2 pesetas al día.

En Manzanares destacaba la humanidad y el trato familiar del personal del albergue, hecho que se ha reflejado en distintas publicaciones. Un ejemplo es la honradez demostrada por las empleadas Antonia Laguna y Francisca Fernández, a quien el Consejo de Ministros del 23 de mayo de 1933 concedió un premio en metálico, como recompensa por su contribución a la propaganda de España en general y del turismo en particular, al entregar un maletín olvidado en el Albergue a la familia Dumier Celine, que contenía alhajas, valores y dinero por más de un millón de francos, una fortuna en aquellos años, suceso del que en su momento se hizo eco el diario ABC.

Aquellos fueron años de trabajo frenético, no solo por la importante actividad gastronómica, sino por la importancia de los visitantes, entre los que destaca Pedro Muñoz Seca, quién incluso escribió algunas piezas de teatro en el propio albergue, demás de la obra ‘El Refugio’, donde narra el agradable ambiente y los servicios que dispensaba el establecimiento hotelero.

El Parador de Manzanares fue también la última parada en la estela triunfal de toreros legendarios. En Manzanares se hospedó Ignacio Sánchez Mejías, que ocupó la habitación número 13, el día anterior a su mortal cogida en la plaza de esta localidad, que quedó inmortalizada para siempre en los versos de Federico García Lorca. También fue en el comedor de Manzanares, donde la camarera Antonia Laguna sirvió la última cena a Manolete, la noche anterior a su desgraciada faena en Linares. Otros personajes de la época, como la actriz María Bru, el cómico José Isbert o el general Miaja frecuentaban el albergue, hasta que durante la Guerra Civil se convirtió en Cuartel General del Ejército, Hospital de Sangre y otros usos.

Una vez finalizada la contienda, el albergue volvió a funcionar con la misma ilusión y entrega, pero con más penurias económicas que al comienzo. El personal apenas contaba con medios y se veía obligado hasta a elaborar el jabón.

A finales de los años 40, momento en que empiezan a llegar los autocares de turistas, el albergue comienza a ofrecer almuerzo tras almuerzo. Entonces, mientras comía un grupo, el otro no podía ni bajarse del autobús. No había donde meter a tanta gente. Se empezaba a servir comidas las 11 de la mañana y se terminaba a última hora de la tarde, pero nadie se iba sin comer. La cocina era una caldera de vapor y las habitaciones, que en esa época ya eran 12, se llenaban desde primera hora. La temporada estival se unía a la de caza y el albergue no dejó de crear cantera en esta época, preparando a mucho personal que pasó a engrosar las plantillas de los diferentes Paradores.

En el año 1954 se produce la ampliación del albergue a 42 habitaciones, se amplía el comedor, se construye el bar y un salón, y con esa configuración se llega al cierre definitivo del Albergue, en 1979.

De Albergue a Parador de Turismo

En noviembre de 1980, tras catorce meses de inactividad, abre el nuevo Parador de Manzanares, heredero del antiguo albergue. Su configuración, 50 habitaciones y todos los servicios complementarios. La última mejora data del año 2002, que, con una inversión de 3,56 millones de euros, supuso la remodelación total de la instalación, mejorando la totalidad de los servicios, sustituyendo los cerramientos, puertas y ventanas, y mejorando las terrazas exteriores, que en madera vista gozan en la actualidad de un mayor carácter manchego. También fue renovada la zona de piscina, incluyendo los vestuarios y el área infantil, se rediseñó el jardín, que permite el acceso de vehículos hasta la puerta del Parador, y se amplió la zona de parking bajo techo, con una zona cubierta de aspecto típico. La renovación impulsó además la apertura del nuevo restaurante Azafrán, situado en el antiguo comedor rotonda, que ofrece una cocina tradicional, absolutamente renovada.