En el marco del 8 de marzo, la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) ha querido lanzar un mensaje contundente y humanizado acerca de la salud mental de las mujeres en nuestro país. Desde hace años, esta sociedad ha mantenido un compromiso firme con el enfoque basado en la evidencia y en la protección de los derechos de las mujeres, y ahora, en esta fecha emblemática, renueva su llamado a reflexionar sobre cómo abordamos el bienestar psicológico femenino.
Los datos son claros y alarmantes: según el informe EDADES, el consumo de psicofármacos en mujeres es considerablemente mayor que en hombres. La utilización de benzodiacepinas alcanza un 13,2% en mujeres frente a un 7,3% en hombres, mientras que los antidepresivos son utilizados por un 8% de las mujeres, en comparación con un 3,9% de los hombres. Estas cifras, que aumentan en las franjas de edad más avanzada, no solo reflejan vulnerabilidades biológicas, sino también la influencia de dinámicas sociales y culturales que, a menudo, medicalizan el malestar emocional. La ansiedad, el insomnio o la tristeza dejan de ser señales de alarma social y personal para convertirse en síntomas que, en muchos casos, se tratan con soluciones inmediatas, en lugar de abordar sus raíces.
Desde la semFYC, se denuncia que muchas veces la prescripción médica se convierte en un acto casi automático, resultado de un sistema que impulsa hacia respuestas rápidas y soluciones farmacológicas frente a soluciones sociales, comunitarias o políticas. La presión asistencial, sumada a las expectativas sociales de que las mujeres deben seguir funcionando sin molestar, favorece un escenario en el que el malestar se mitiga con medicación en lugar de con atención y recursos adecuados. No se trata solo de decisiones profesionales, sino de estructuras que, en muchas ocasiones, priorizan la receta como respuesta final ante fenómenos complejos que requieren una mirada integral.
Es fundamental recordar que ningún fármaco es inocuo. El uso prolongado de psicofármacos conlleva riesgos like dependencia, deterioro cognitivo y aumento de caídas en mujeres mayores, además de una posible cronificación de tratamientos que deberían ser temporales. En contextos de violencia de género, la sedación puede ser incluso un factor que agrave vulnerabilidades y ponga en riesgo la vida de las mujeres y sus hijos. La medicalización del malestar, en definitiva, puede ocultar el origen profundo del sufrimiento, que a menudo está ligado a desigualdades estructurales como la sobrecarga de cuidados, precariedad laboral y exposición constante a la violencia machista.
Por tanto, la sociedad científica hace un llamado a recuperar el valor de las herramientas no farmacológicas: la escucha activa, la validación del malestar, la psicoeducación y, especialmente, el trabajo comunitario y las redes de apoyo. Estas intervenciones, basadas en evidencia, pueden devolver la autonomía y la esperanza a muchas mujeres, ayudando a tratar sus dificultades desde una perspectiva más humana y menos patologizante.
Además, se apuesta por promover la detección temprana de la violencia de género y el enfoque del minimalismo terapéutico, es decir, siendo responsables en la indicación farmacológica y reconociendo cuándo la “no medicación” puede ser la opción más adecuada. La salud de las mujeres no se conquista solo con recetas; requiere más tiempo, más diálogo y más recursos disponibles. La medicalización del malestar, sin embargo, puede perpetuar desigualdades y limitar la capacidad de abordar las causas sociales que afectan su bienestar.
En definitiva, la semFYC reafirma su compromiso con una atención sanitaria que respete la vida cotidiana de las mujeres, evitando patologizarla y poniendo en primer plano su dignidad y derechos. Porque la verdadera salud no solo se mide en números, sino en la calidad de vida y en la justicia social. En este 8 de marzo, recordamos que cuidar la salud de las mujeres implica más que medicamentos: implica escuchar, acompañar y transformar las condiciones que generan sufrimiento.

















