En Verde Yago Arentín es un adolescente retraído con un problema de cojera que ansía «andar mundo». La oportunidad le vendrá de la mano de su tío Pepe, un optimista nato, bondadoso, de enorme corazón y de absoluta mala suerte. Ambos recorrerán, en un Seat 131 de color verde esmeralda, las llanuras de la Mancha, vendiendo macarrones de pueblo en pueblo, de tienda en tienda, hilvanando historias y sucesos al estilo quijotesco. Un viaje que es el retrato de la España de la Transición en el año 1977, con una democracia aún verde, tan verde como lo está Yago para descubrir el amor secreto de su tío. En Verde, su tercera novela, Luis Foronda habla de la muerte, de la soledad, del amor imposible y de las ganas de ser libres. Y lo hace con ese elemento inquietante y mágico característico suyo: un pollo que picotea un cáncer, un ángel que anhela su libertad, hermoso y vengativo, unos vientos celosos y una espada de fuego.

¿Por que La Mancha como escenario para tu nueva novela?

Cuando yo era niño viajaba por lugares a los que nunca iba, por tierras que arraigaban pronto en mi imaginación y que hacía mías sin haberlas visitado. Luego crecí, las fui desmontando, allanando y dejando que corriera por ellas la hormiga de mis pensamientos. Uno de esos lugares, alimentado de literatura y de páginas amarillentas, de grabados de Doré y de relatos de vendedores ambulantes, era La Mancha. La Mancha era entonces mi Arcadia y luego, cuando puse mis pies en ella, fue sencillamente la tierra hermosa donde descalzarme y empezar a caminar.

Siempre quise escribir una novela que transcurriera por tierras manchegas, perderme en sus caminos y doblarme en sus llanos. A estas alturas de mi vida, cuando trastabillaba por otros andurriales, hecho, como se dice, un Alonso Quijano, sentí soplar a mi alrededor vientos celosos, unos vinieron a cantarme y otros a espantar mis chifladuras. Removido en esa ventolera escribí Verde.

¿Cómo es La Mancha que retratas en Verde?

Verde es un retrato de la España de la Transición pintado en el mapa de La Mancha, garabateado en el papel de estraza de sus tenderos, pero por encima de todo Verde es un viaje por la vida, por esa vida frágil en la que necesitaba asobinarme. Todo se irá desvelando en esos viajes por La Mancha, yendo de tienda en tienda. Esos viajes que siempre parten de Madrid con la vida sujeta pero que pronto se suelta en Ocaña y se solivianta en Consuegra,  se solaza en Orgaz  y en Sonseca,  se remoja en la Fuente del Fresno, se deslumbra en Montiel, se confiesa en Almagro, se apena en Quintanar, se aniebla en Tarancón, se milagrea en Montalbo, se compone en Argamasilla, se descompone en Tarazona, se echa en Chinchilla y se levanta en Tomelloso, se enseñorea en Aranjuez y se empobrece en Mascaraque, se amuebla en los Campos de Criptana, se apresa en Almonacid y se expande finalmente en San Clemente. En esos viajes por esos pueblos, los encastillados, los llanos, los circundados y los que están en cuesta, se irá rompiendo y derramando la vida, mojando la novela, regando sus hojas, queriendo hacerse corteza sin conseguirlo.

¿Qué nos cuentas en Verde?

La Mancha como protagonista de la nueva novela de Luis Foronda, Verde 3

Escribí “Verde” con el deseo de que fuese una novela de transiciones, una novela sobre el paso apurado a la vida adulta, a la libertad, a la felicidad que tanto se nos resiste. Toda transición es un puente que se va construyendo sobre la marcha con materiales muy endebles. “Verde” habla de esa vida frágil, amarga y al mismo tiempo hermosa, de ese tallo que está siempre a punto de quebrarse. “Verde” habla del amor imposible, habla del infortunio y de la soledad, pero sobre todo cuenta el descubrimiento alucinado del mundo por parte de un adolescente demasiado sensible, el mundo verdadero, el que más duele que es también el que más se nos agarra al pecho. Ese mundo lo descubrirá el protagonista en la persona de su tío  y se irá dibujando en el suelo del Madrid  humilde de los años setenta y en la llanura  venerada de La Mancha.

¿Es Verde una novela “política”, Luis?

En absoluto. No está en mi intención hacer revisión de nuestra historia reciente pero sí dar un toque de atención sobre algunas cuestiones que me siguen preocupando mucho. Aunque “Verde” no es una novela política, quiere  ser reflejo de su época para hacernos reflexionar sobre la fragilidad de las libertades y sobre la triste evidencia de que aquella fragilidad sigue existiendo hoy en día, de que en muchos aspectos no hemos avanzado nada, de que seguimos siendo igual de vulnerables que entonces.

En el título de la novela está la España de la Transición, esa democracia tan verde. La novela comienza con una manifestación real que tuvo lugar en Madrid el 23 de Enero de 1977 y en la que murió un joven a manos de grupos de la ultraderecha. Todo eso está presente en la novela aunque de manera tangencial con una voluntad envolvente, para arropar las vidas que a mí me interesan, la vida de Yago Arentín, ese bosquejo de hombre, ese arbusto verde todavía no preparado para el restallar de todas las tormentas y la vida de José Macías, el tío Pepe, viajante de comercio, optimista nato pero al que persigue, de manera obstinada, la desgracia. Nada mejor que contar la historia de aquella España desde un Seat 131 verde esmeralda, desde la inmensidad de La Mancha, a través del papel de estraza de sus tenderos.

Verde, como dices, hace alusión —además de a la adolescencia de Yago Arentín, coprotagonista del relato, junto a José Macías— a la inmadurez de nuestra democracia. ¿Es así?

Por seguir con el paralelismo de la libertad y el tallo verde, se podría decir que  la savia que ha circulado por el tronco de este árbol que es España ha sido goma de parche y que le ha faltado sabiduría, valga el juego de palabras. No ha habido una verdadera asunción de responsabilidades ni un deseo sincero de reconciliación. Ha faltado generosidad, largueza y una apuesta total por la educación y eso lo estamos pagando ahora, cuando se menosprecia el talento, el estudio, la investigación. Hay un personaje en la novela, un humilde tendero, que lo deja bien claro cuando le dice a los protagonistas que en aquellos momentos en España se estaba intentando pintar un cuadro con colores nuevos pero utilizando el mismo lienzo y eso era un gran error. Estoy de acuerdo.

A los protagonistas de Verde les sucede un poco lo mismo, viajan en un SEAT 131, como una huida hacia adelante y con el sueño de un futuro más esperanzador. Y de ahí surgen otros, que van tejiendo la historia de un país desde ese prisma mágico, tan característico de tu escritura

Claro, “Verde” es también una novela sobre la esperanza. El tío Pepe es una persona profundamente optimista a pesar de que la mala suerte le brea sin ningún  miramiento. El tío Pepe es el reflejo de aquella España que venía arrastrando la desgracia pero que se enfrentaba al futuro con ilusión. El elemento mágico en esta ocasión se integra de una manera natural, casi necesaria,  sirve para dar la pincelada poética que cubre  todo el relato. Ese tono poético está muy presente en los elementos de la naturaleza, en el paisaje físico y en el de las emociones. Hay momentos muy  amargos  que se sobrellevan con otro ingrediente primordial, el sentido del humor. La novela está llena de momentos divertidos, historias de tenderos repartidos por los pueblos manchegos, cada uno detrás de su mostrador, con su propio afán, hay aventuras muy quijotescas, porque esta novela, como ya habréis adivinado, es un claro homenaje al Quijote.  El tío Pepe y Yago son mi don Quijote y mi Sancho, pero también son mi ciego y mi lazarillo, son mi maestro y mi Alfanhuí. En ellos me reconozco y por ellos transito.

¿En que andas ahora, Luis? ¿Otra novela?

Ahora estoy dejándome querer, que a fin de cuentas, como tú bien sabes, es para lo que escribimos. “Verde”, que fue concebida como novela de transición, al final ha sido la novela que más feliz me ha hecho. Cuando empecé a escribirla, en realidad en mi cabeza había otra historia que yo ya intuía que necesitaría más tiempo. Esta nueva novela ya tiene algunos capítulos todavía balbucientes y el cursor me espera parpadeando en la pantalla del ordenador, pero yo no tengo prisa. Como decía Henry Miller, la mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir. Yo soy un escritor que escribe sobre todo mientras paseo, mirando las caras, escuchando trozos de conversaciones, dejándome arrastrar por una canción. En eso estoy, entrelazando palabras, notas y rostros para ir dándoles forma y que al final acaben encajando. Pero después de escribir una novela como “Verde” lo que más me apetece, de verdad, es leer, leer mucho. Es verdad que escribir es un oficio que se aprende escribiendo, pero lo que le da forma, lo que lo sustenta, es siempre lo que se ha leído.

Luis Foronda es funcionario y escritor. Ha publicado varios libros de relatos como Cuentos irradiados y Relatos Verticales, traducidos al francés en un solo volumen con el título Dessins Verticaux. Su primera novela, Las palabras en la boca (Diputación de Jaén, 1995), ha sido reeditada en 2020 por la editorial Juancaballos dentro de su colección de bolsillo. Veintitrés años después apareció Padre Serenísimo (Juancaballos de novela, 2018) y, ahora, Verde (Juancaballos de novela, 2020), su segunda y tercera novela respectivamente. Sus relatos cortos también han sido publicados en proyectos literarios colectivos como En el camino del incaPensando en Jaén o Iguales.

Verde de Luis Foronda. Juancaballos de novela. Más información en el 619 88 90 54 (Manuel Berlanga, editor)