El Consejo de la Paz, impulsado por el presidente Donald Trump, parece más un instrumento de control geopolítico que un auténtico mecanismo para resolver conflictos. Su logotipo, que refuerza la visión «América Primero», refleja este enfoque. Durante su lanzamiento en Davos, Trump se dirigió a los líderes presentes, muchos de los cuales enfrentan controversias propias, como el bielorruso Aleksandr Lukashenko, por violaciones de derechos humanos, y el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, quien enfrenta una orden de arresto por crímenes de guerra. Este consejo, en lugar de enarbolar un ideal de paz, parece estar cimentando un orden mundial alineado con los intereses personales del presidente estadounidense.
La estructura del consejo revela un sistema poco equitativo, donde Trump adquiere un poder casi absoluto al seleccionar y presidir a un grupo de naciones donde la lealtad y el financiamiento parecen ser criterios preponderantes. La ambigüedad en su funcionamiento, combinada con la presión económica sobre sus miembros, crea un escenario donde el derecho internacional se ve amenazado. Mientras tanto, el BoP busca transformar Gaza mediante un desarrollo diseñado a medida, pero que omite la voz de los palestinos, dejando sin resolver las complejas realidades sociales y políticas de la región.
A pesar de las críticas y reservas de muchos países europeos, algunos han optado por acercarse al BoP en busca de beneficios a corto plazo. Sin embargo, esta estrategia podría diluir su voz en el sistema internacional en un momento crucial. En lugar de legitimar un orden trumpista que prioriza intereses económicos sobre el bienestar humanitario, los europeos deben abordar sus preocupaciones de manera colectiva, buscando influenciar al consejo desde afuera mientras protegen sus propios intereses y aquellos de los ciudadanos afectados en áreas de conflicto como Gaza.
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