Este sábado, Venezuela se convirtió nuevamente en el foco de atención internacional tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar liderada por Estados Unidos. Este suceso ocurre en un contexto de creciente tensión, no solo en América Latina, sino también en diversas naciones que, como Irán, enfrentan internos descontentos agravados por crisis económicas. En Irán, las protestas comenzaron bajo el impulso del derrumbe del rial y rápidamente se transformaron en un rechazo hacia un sistema que se sostiene mediante el miedo y la represión, con ciudadanos que cada vez más se atreven a demandar sus derechos.
La movilización social ha cobrado fuerza en las últimas semanas, uniendo a una variedad de sectores —desde comerciantes hasta estudiantes— en un sentimiento de hartazgo generalizado. Los manifestantes, guiados por la falta de miedo, enfrentan una violenta represión por parte de las autoridades, que han recurrido a la fuerza letal, resultando en varias muertes en distintas regiones del país. A pesar del riesgo, muchas voces llaman a resistir y a no claudicar en la búsqueda de libertad y dignidad, evidenciando una transformación que va más allá de simplemente reaccionar a condiciones económicas adversas.
Las tensiones externas, como la reciente intervención en Venezuela, añaden una capa de complejidad a la situación. Los iraníes observan con una mezcla de esperanza y temor, reconociendo las dificultades del régimen para mantenerse bajo presión. Mientras algunos celebran la captura de Maduro como símbolo de cambio, son cautelosos con respecto a las soluciones impuestas desde el exterior, clamando por una transformación sustentada en la voluntad del pueblo. En las calles, el eco de un desafío resuena: «¡No tengamos miedo!», marcando una clara voluntad de no resignarse ante un futuro incierto.
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