La reciente advertencia de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, sobre las intenciones de la Administración Trump hacia Groenlandia ha encendido el debate sobre la cohesión de la OTAN. Según Frederiksen, cualquier intento unilateral de apropiación de la isla por parte de Estados Unidos podría ser un golpe mortal para la Alianza Atlántica. Su declaración ha sido respaldada por analistas internacionales, quienes la consideran un test de estrés para la unidad aliada. A su vez, el presidente estadounidense ha insinuado la posibilidad de tener que elegir entre el futuro de la OTAN y el interés por Groenlandia.
Sin embargo, a pesar de las tensiones, hay razones para confiar en la estabilidad de la OTAN. La alianza ha evolucionado hasta convertirse en un organismo complejo que trasciende la simple defensa militar, especialmente a la luz del conflicto en Ucrania. Su estructura no solo abarca capacidades nucleares y convencionales, sino que también permite una integración operativa esencial entre los países miembros, evitando que sus fuerzas actúen como «islas» independientes. Además, la OTAN actúa como un foro donde se pueden gestionar crisis y tensiones entre aliados, lo que es vital para mantener la paz y la seguridad en la región euroatlántica.
Por otro lado, la noción de que podría haber alternativas viables a la OTAN para la defensa colectiva resulta cuestionable en este contexto. Las capacidades de defensa de la Unión Europea, aunque relevantes, no ofrecen la misma cohesión y respuesta rápida que brinda la alianza atlántica. En lugar de considerar a la OTAN como un obstáculo, es fundamental reconocerla como el principal canal para resolver disputas y mantener la seguridad colectiva. Potenciar este marco de colaboración y comunicación será clave para enfrentar cualquier desafío futuro y garantizar la estabilidad en un entorno internacional incierto.
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