Hay decisiones que parecen inocentes en el momento en que se toman. Subir una foto del primer día de cole, un vídeo gracioso en la playa o una historia con “orgullo de madre/padre”. Durante años, publicar la vida de los niños en redes sociales se ha visto como una forma de compartir alegría con familia y amigos. Pero hay una realidad que cada vez pesa más: lo que se publica hoy puede convertirse en un conflicto mañana, cuando ese menor cumpla 18 años y quiera recuperar el control sobre su imagen.
No es una hipótesis lejana. La generación que ha crecido con su infancia documentada en Instagram, Facebook, TikTok o grupos de mensajería está entrando en la mayoría de edad con otra sensibilidad: la privacidad importa, la reputación digital cuenta, y la huella online puede afectar a oportunidades de estudio, trabajo o relaciones personales. En ese punto, la pregunta ya no es “qué gracia hacía entonces”, sino “por qué se publicó” y “por qué sigue ahí”.
El “álbum familiar” dejó de estar en casa
Antes, las fotos de infancia estaban en un cajón o en un álbum que solo veían quienes entraban en casa. Hoy, el “álbum” puede estar abierto al mundo, indexado por buscadores o replicado por terceros. Y ese cambio lo altera todo.
Una imagen subida con buena intención puede acabar fuera de contexto: capturas de pantalla, reenvíos, perfiles falsos o recopilaciones. Incluso con una cuenta privada, basta con que alguien en la audiencia comparta el contenido para que el control se pierda. El problema no es solo “quién lo ve”, sino que la imagen puede quedarse circulando durante años, mucho más allá del momento en que se publicó.
Cuando tu hijo cumple 18: lo que cambia de verdad
El punto de inflexión es la mayoría de edad. A partir de entonces, la persona ya no necesita que nadie decida por ella sobre su presencia digital. Puede pedir que se retiren fotos y vídeos, puede cuestionar publicaciones que le incomoden y, en casos más serios, puede reclamar si considera que se vulneró su intimidad o se dañó su reputación.
En la práctica, los conflictos suelen aparecer por tres razones:
- Vergüenza y exposición: contenidos que en su día parecían divertidos, pero que ahora resultan humillantes o demasiado íntimos.
- Reputación: imágenes asociadas a situaciones delicadas (rabietas, castigos, “meteduras de pata”, problemas escolares) que el joven no quiere que definan su identidad online.
- Seguridad: fotos que revelan hábitos, ubicaciones, centros educativos, horarios o datos personales.
Es importante entender un matiz: no hace falta que haya mala fe. Un padre puede haber publicado “con cariño” y, aun así, el hijo puede sentir que ese contenido le pertenece y que no fue su decisión.
El riesgo invisible: la información que se cuela en una foto
A veces el problema no es la imagen en sí, sino lo que revela. Una camiseta con el nombre del colegio, una calle reconocible, una matrícula al fondo, un uniforme, una localización automática, un comentario con datos personales. Todo eso construye un mapa involuntario.
Además, hay un tipo de contenido especialmente sensible: fotos con poca ropa, momentos de baño, escenas médicas, episodios emocionales o situaciones que el menor querría mantener privadas. En esos casos, la recomendación es clara: no se comparte.
¿Y si no estás solo decidiendo? El conflicto entre progenitores
Otro foco habitual de problemas es cuando los progenitores no están de acuerdo. Para muchas parejas separadas, la presencia digital de los hijos se convierte en una batalla más: uno publica y el otro pide que se deje de hacerlo. En ese escenario, el menor queda en medio y la tensión suele escalar.
Aunque cada familia es un mundo, la regla práctica es sencilla: si hay desacuerdo, lo prudente es parar, hablar y buscar una solución. La exposición digital no debería ser el terreno donde se mide quién tiene razón.
“Solo lo ven mis amigos” ya no es un argumento sólido
Las redes han cambiado. Los amigos de hoy no son necesariamente los amigos de mañana. La lista de seguidores crece, se mezcla con conocidos, compañeros de trabajo, familias políticas, padres del cole y contactos que apenas se recuerdan.
Y luego está el efecto “archivo”: lo que no molesta hoy, puede molestar dentro de 8 o 10 años. A veces, el conflicto no aparece por una publicación nueva, sino por una antigua que reaparece en un cumpleaños, una entrevista o un grupo de amigos.
Qué hacer si ya has publicado mucho: una estrategia realista
No se trata de dramatizar ni de culpabilizar. Muchas familias han publicado sin mala intención. Pero sí conviene actuar con criterio:
- Revisión periódica: repasar perfiles y eliminar contenido que hoy no publicarías.
- Privacidad por defecto: cuentas privadas, listas cerradas y control de quién puede ver.
- Nada de geolocalización: evitar ubicaciones, rutinas y referencias identificables.
- Regla del futuro: no subir nada que pueda incomodar al niño con 18 años.
- Hablar con el menor: si ya tiene edad para opinar, incorporar su criterio. Enseña respeto y previene conflictos.
En resumen: compartir puede ser normal, pero el derecho a decidir sobre la propia imagen también lo es. Y ese derecho, tarde o temprano, acaba llamando a la puerta.
Preguntas frecuentes
¿Puede mi hijo pedir que borre fotos antiguas cuando cumpla 18 años?
Sí. A partir de la mayoría de edad, es habitual que quiera revisar su huella digital y solicitar que se retire contenido que no consintió o que le incomoda.
¿Qué tipo de fotos son más problemáticas?
Las que afectan a la intimidad (baño, poca ropa, momentos médicos o emocionales), las que ridiculizan o humillan, y las que revelan información sensible (colegio, ubicaciones, rutinas).
¿Sirve de algo tener la cuenta privada?
Ayuda, pero no es una garantía total. El contenido puede capturarse o compartirse. La clave es publicar menos y con más criterio.
¿Cómo compartir sin exponerse demasiado?
Evita cara visible, datos identificables y localizaciones. Comparte en círculos cerrados y revisa con frecuencia lo ya publicado.

















