El año 2026 se perfila como un reto significativo para los líderes políticos franceses, quienes asumirán la presidencia del G7 en un contexto marcado por la asunción de Estados Unidos como presidente del G20. Mientras los funcionarios galos buscan estratégicas para colaborar con la administración de Donald Trump, se enfrentan a la difícil tarea de conciliar las divergentes prioridades de ambos foros internacionales. A pesar de las tensiones tradicionales entre Trump y los aliados del G7, se vislumbran áreas de posible cooperación en la lucha contra los desequilibrios económicos globales, la ayuda al desarrollo y el acceso a minerales críticos.
Francia se ha propuesto movilizar a sus socios del G7 para abordar la creciente influencia de China en la economía global, un objetivo que podría resonar también en Washington. Sin embargo, la posibilidad de que un acuerdo comercial entre Estados Unidos y China frustre estos esfuerzos plantea un desafío serio. En lo que respecta a la ayuda al desarrollo, París puede encontrar un terreno común al argumentar que las inversiones estratégicas pueden ser un contrapeso a la creciente presencia china en economías en desarrollo.
Finalmente, el acceso a minerales críticos emerge como un campo de colaboración, aunque la estrategia estadounidense tiende hacia un enfoque «America First», lo que complica las negociaciones. Aun así, Francia podría aprovechar la coyuntura para proponer normas vinculantes en la producción de estos minerales. Para tener éxito, los responsables franceses deberán presentar sus iniciativas no como restricciones, sino como oportunidades de fortalecimiento en el contexto de las tensiones geoeconómicas actuales. Un balance entre estos intereses podría facilitar la construcción de alianzas inesperadas en el escenario internacional.
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