Elena Bianda, interpretada por Nadia de Santiago, es algo más que una carabina encargada de vigilar la moral de las jóvenes. Detrás de la corrección de su uniforme y la disciplina en la que tiene que moverse, se halla una mujer pisoteada por una historia traumática y por un amor que no se atreve a pronunciar. Su encuentro con Santiago Torres (Álvaro Mel) no sólo desestabiliza su profesión, sino que también la confronta con todas las decisiones que ha tomado a partir del miedo.
La serie, además, destaca por no caer en tópicos ya conocidos. Elena no es una heroína que irrumpe en un mundo malvado; la cosa va más allá y, pareciendo desde fuera, su lucha es interior y está jalonada de contradicciones y pasos en falso. Por cada uno de sus gestos parece perseguirle la pregunta: «¿Hasta qué punto podemos elegir ser libres en un mundo que nos dice cómo vivir?». La relación con Cristina Mencía (Zoe Bonafonte), joven que ahora se ve obligada a «guiar» e instruir, formará un juego de espejos en el que ambas descubren que tras las etiquetas se desvelan los mismos anhelos.
Ni el rigor histórico prevalece ante la emotividad. Con diálogos afilados y cargados de dobles sentidos, asistimos como espectadores, entendiendo que el lenguaje en el siglo XIX era tanto un instrumento opresor como liberador. Uno de los instantes más sobrecogedores del ciclo se produce cuando Elena, en un ataque de rendido atrevimiento, acaba confesando que «enseno modales, pero nadie me enseñó a ser feliz».
Esta línea representa la esencia de su personaje, quien es una mujer que orienta a otras relaciones y a otras mujeres sobre cómo debe ser el comportamiento, pero que nunca ha tenido permiso para escuchar al propio corazón. Nadia de Santiago hace palpable esa fragilidad con una interpretación escénica que es tan comedida como demoledora. El vestuario, diseñado por Sonia Grande, es un componente esencial que acompaña el trayecto vital de la protagonista.
Los corsés apretados de los colores oscuros que parecen dominar las primeras escenas encuentran su respuesta, en los momentos más relevantes del ciclo, en tonos que empiezan a ser más cálidos, en ciertas prendas con más siluetas que permiten un ajuste menos forzado. No es una aportación radical ni fundamental, sino sutil, como si en la propia Elena se fuera probando el sentido que tiene poder respirar en la jaula.