En una Europa que durante décadas confió en los «dividendos de la paz» tras la caída del Muro de Berlín, la directiva de Bruselas instando a los países miembros a modernizar sus fuerzas armadas marca un punto de inflexión significativo. Este llamado a la acción responde a la creciente preocupación de que el continente podría quedarse al margen del paraguas de seguridad proporcionado por Estados Unidos, una realidad que obliga a una profunda reflexión sobre el posicionamiento estratégico de Europa en el escenario mundial.
España, particularmente, se encuentra en una posición compleja. La atención concentrada en Ucrania y las amenazas percibidas provenientes de Rusia han generado un cierto descuido hacia sus intereses en el sur del Mediterráneo, estableciendo un dilema estratégico que exige un análisis cuidadoso de los riesgos y oportunidades presentes.
Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, las bases de la política exterior estadounidense han sido sacudidas, generando una atmósfera de incertidumbre. Las acciones y declaraciones de Trump han llevado a Europa a priorizar la defensa y la geopolítica en su agenda política, flexibilizando incluso las rígidas demandas de control presupuestario impuestas anteriormente por los países más austeros.
El distanciamiento estratégico de Estados Unidos, evidenciado por mensajes que sugieren un repliegue y una simpatía hacia Rusia, llama a la OTAN a redefinir su existencia. La posibilidad de una «alianza atlántica sin sentido», según palabras de Emmanuel Macron, plantea el desafío de reconfigurar las alianzas estratégicas manteniendo las estructuras existentes pero sin la garantía de un compromiso estadounidense activo.
Esta situación ha empujado a Europa a reconsiderar su capacidad de defensa y autonomía estratégica, enfrentando la urgencia de modernizar sus fuerzas armadas, incluidas las de España, que durante las últimas dos décadas habían priorizado operaciones de mantenimiento de la paz sobre la preparación para conflictos de alta intensidad.
La nueva realidad estratégica europea no solo se limita a sus fronteras terrestres. En el ámbito global, la perspectiva de una ‘soledad europea’ encuentra eco entre los aliados de Estados Unidos en el Lejano Oriente. Países como Japón, Corea del Sur y Taiwán, enfrentando la posibilidad de una merma en el compromiso estadounidense, buscan fortalecer sus relaciones en materia de defensa. Europa, por su lado, necesita articular una estrategia cohesiva para el Indo-Pacífico que fomente la cooperación en industria de defensa y asegure la continuidad en sus capacidades militares frente a la volatilidad de la política estadounidense.
La creciente aislacionista de Estados Unidos, fundamentada en razones ideológicas y geopolíticas, amenaza con dar pie a un mundo multipolar más inestable y violento. La imprevisibilidad de las políticas estadounidenses bajo la administración de Trump resalta la importancia crítica de formar alianzas estratégicas sólidas entre los países democráticos de Europa, América del Norte y Asia, como medio para enfrentar los crecientes desafíos en seguridad y defensa global.
En este contexto de incertidumbre y potencial soledad estratégica, Europa y sus Estados miembros, incluida España, se enfrentan a importantes decisiones. No solo deben modernizar sus fuerzas armadas y mejorar su autonomía defensiva, sino que también deben reconsiderar y fortalecer sus alianzas internacionales, preparándose para un futuro donde la colaboración transatlántica puede no ser tan fiable como en el pasado.