El impresionante bote de 2,716 millones de euros que Rosa Rodríguez conquistó en «Pasapalabra» no solo cerró una de las etapas más emocionantes en la historia del programa, sino que también volvió a abrir el debate sobre la fiscalidad de los premios televisivos. Este dilema se reaviva cada vez que un concursante logra completar «El rosco», evocando críticas y reflexiones sobre la proporcionalidad de los impuestos que se aplican a estos montos tan significativos.
En el pasado, otras voces ya habían hecho sonar las alarmas frente a esta situación. En 2024, tras la victoria de Óscar Díaz, el economista Gonzalo Bernardos fue contundente en su crítica a los altos gravámenes a los que se ven sometidos los ganadores de concursos televisivos. Bernardos argumentaba que la Hacienda se quedaba con una parte desmesurada del premio —cercana al 40%—, lo que resulta engañoso al compararlo con otros ingresos. Según él, la tributación de los que obtienen sus ganancias a través del conocimiento y el esfuerzo es significativamente más alta que la de quienes generan riqueza de forma especulativa, lo que parece injusto.
Ahora, con el caso de Rosa, los números se vuelven aún más claros. De su premio, se espera que Hacienda retenga aproximadamente 1,261,000 euros, dejando a Rosa con alrededor de 1,455,000 euros tras la titánica batalla que le tomó 307 roscos y 15 intensos meses de participación. La tributación inicial se establece en un 19%, pero la verdadera factura fiscal se consumará en la declaración de la renta, una vez sumadas las condiciones autonómicas de Galicia, su residencia, lo que incrementa el monto final que deberá abonar.
Bernardos sostiene que este tipo de premios no son producto de la casualidad, sino el resultado de un arduo trabajo, y que debería considerarse que una parte de ellos debería estar exenta de impuestos. Para él, se trata de un tema de justicia fiscal, de cómo el sistema actual pone un peso mayor sobre quienes se esfuerzan por alcanzar sus metas a través de la dedicación y el conocimiento. Este planteamiento se torna relevante especialmente cuando se compara la fiscalidad de las rentas de trabajo con las de ahorro e inversión, donde los primeros suelen salir perdiendo.
Frente a la controversia generada por las declaraciones de Bernardos, Rosa ha adoptado una postura más conciliadora. Ella ha manifestado su compromiso cívico, afirmando que vivir en sociedad implica contribuir en la medida de lo posible. En su opinión, el pago de impuestos es necesario para sostener los servicios públicos que han sido cruciales en su trayectoria, haciendo hincapié en que su premio y la tributación que conlleva son parte de un sistema de responsabilidades compartidas.
Este cruce de opiniones entre la presión impositiva y la necesidad de contribuir ha sido una constante en el crisol de «Pasapalabra». La sensación de injusticia por parte de algunos se contrasta con la visión más pragmática de otros, reflejando un conflicto tan humano como inevitable en una sociedad donde los logros individuales están interconectados con el bien común.
Con el gran triunfo de Rosa, el reloj de los botes de «Pasapalabra» también hace sonar su campana sobre la necesidad de un debate más profundo sobre cómo se valora el esfuerzo personal en el contexto de un sistema fiscal que, para muchos, penaliza a quienes trabajan arduamente para alcanzar sus sueños. Sin duda, el confeti y la celebración esconden un enfrentamiento que, lamentablemente, no tiene un ganador fácil: el fisco siempre aparece como el rival más implacable.















