La reciente intervención estadounidense en Venezuela ha encendido las alarmas en Cuba, que ha interpretado este movimiento como una grave advertencia. Desde entonces, el régimen cubano ha intensificado sus ejercicios militares y capacitación de reservistas, pero estas acciones solo han puesto de manifiesto su creciente aislamiento y debilidad militar. Con un ejército que evoca más el pasado de la Guerra Fría que una fuerza moderna, Cuba se aferra a estrategias de guerra irregular y al apoyo de drones rusos, intentando disuadir cualquier intento de intervención que podría modificar el destino de la isla.
La compleja realidad de las intervenciones militares estadounidenses del siglo XXI presenta un abanico de experiencias dispares. Mientras que las invasiones terrestres, como las de Afganistán e Irak, resultaron en cambios de régimen pero dieron pie a prolongados conflictos, los ataques aéreos puntuales en otras naciones se han demostrado insuficientes para lograr un cambio real sin tropas en el terreno. La intervención en Venezuela, que removió a un líder adversario de forma quirúrgica, abre la posibilidad de que un enfoque similar se aplique en Cuba, un país con fuerzas armadas debilitadas y una crisis política y económica aún más acentuada.
El desmoronamiento del prestigio militar cubano contrasta con su historia de influencia en América Latina. La modernización de su equipamiento es prácticamente inexistente, lo que hace que un eventual conflicto armado con Estados Unidos podría culminar rápidamente en su desventaja. Sin embargo, el aprendizaje de militares y analistas de conflictos recientes sugiere que, a pesar de la superioridad tecnológica, el cambio de régimen en un país a menudo requiere más que una victoria militar; es necesario también abordar las dinámicas de poder internas y la lealtad de las fuerzas armadas para que cualquier transición política sea efectiva y sostenible.
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