Cuatro años han pasado desde que Rusia lanzó una invasión a gran escala de Ucrania, un conflicto que iba destinado a ser breve y concluyente, y que ha transformado radicalmente tanto a Ucrania como a la Unión Europea. En ese corto periodo, la guerra se ha prolongado más de lo esperado, dejando un rastro de destrucción y un cambio de paradigma en la manera en que Europa se enfrenta a la seguridad y a su política interna. Desde la adopción de sanciones a Rusia hasta un notable aumento en el gasto en defensa, la situación ha forzado a la Unión Europea a repensar su rol en el escenario geopolítico.
Uno de los aspectos más críticos de esta transformación ha sido el giro hacia una Europa más política y unida frente a la crisis. La invasión ha revelado la interconexión de los destinos europeos y la necesidad de operar como un verdadero bloque. A medida que la UE ha experimentado cambios en sus políticas energéticas, la dependencia del gas ruso ha disminuido drásticamente, pasando del 45% al 12%, lo que ha obligado a los miembros a diversificar sus fuentes y prepararse para un futuro sin la influencia rusa.
A medida que se plantea la posibilidad de una nueva ampliación de la Unión, la integración de Ucrania se convierte en un tema central, impulsada por el deseo de estabilidad en la región. A pesar de los enormes retos que supone esta integración, la evolución del conflicto ha llevado a una mentalidad más flexible y creativa entre los líderes europeos, quienes se adaptan a las nuevas realidades y buscan soluciones a problemas que antes parecían impensables. La guerra no solo ha cambiado las fronteras, sino también la forma en que Europa define su identidad y su lugar en el mundo.
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