El presidente Trump ha hecho un llamado a la población iraní para que continúe protestando, asegurando que la «ayuda está en camino». Esta petición adquiere un trasfondo inquietante ante la inminente ejecución de Erfan Soltani, un joven de 26 años arrestado en medio de las manifestaciones contra el régimen. Soltani, cuya ejecución está programada para el 14 de enero, se ha convertido en símbolo de la represión en un Irán convulso, donde los arrestos y la violencia se han vuelto endémicos. Organizaciones de derechos humanos advierten que su caso no es un hecho aislado, sino parte de una estrategia del gobierno para infundir miedo y silenciar a la oposición.
La detención de Soltani ha sido rápida y opaca, con un juicio que se realizó sin las garantías procesales más básicas y sin que su familia tuviera acceso al proceso judicial. Las autoridades solo confirmaron su pena de muerte a la familia pocos días después de su arresto, limitando incluso el contacto con su hermana abogada. Este procedimiento relámpago ha sido calificado por activistas de derechos humanos como un claro intento de reprimir que la ciudadanía continúe manifestándose contra el régimen en medio de un apagón informativo.
Con la situación en Irán en un estado crítico, las protestas han evolucionado desde la frustración por la profunda crisis económica hasta demandas explícitas de cambio de régimen. La comunidad internacional observa con creciente preocupación la ejecución de Soltani, quien representa un mensaje escalofriante al resto de los manifestantes: la advertencia de que el castigo más severo espera a quienes desafíen al poder. A pesar del riesgo extremo, la esencia de la protesta persiste, demostrando la tenacidad de un pueblo que busca justicia en medio de la represión.
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