Hasta desbordar su mundo
Nosotras sabemos que los fascistas siempre han estado ahí. Aunque ahora se les oiga más, aunque ahora sean más. Aunque cada vez aparezcan de manera más recurrente y descarnada en nuestros algoritmos, en nuestros centros de trabajo, en nuestras casas, en nuestros parques, en nuestros paseos. Pensamos en los fascistas y en los socialdemócratas que los amparan y sentimos rabia. Nos damos cuenta, cada día, de cómo su labor —como siempre ha sido— no es solo nuestra censura, sino que sobre todo es coacción: es la imposición sistémica para existir dentro de sus marcos, de sus leyes, de sus discursos.
Aunque nosotras, las mujeres trabajadoras, jamás encajaremos en esos límites. Desde la izquierda institucional hasta las posturas aún más reaccionarias, se llenan la boca con lo que, según ellos, «somos las mujeres». Nos definen un tipo de cuerpo, una manera de vestir, una sexualidad muy concreta, unos oficios que, al parecer, nos dignifican.
Pero nosotras no cabemos ahí. En esos márgenes tan rígidos, en su estrecho imaginario, nosotras no estamos. Porque somos las que han eliminado de la historia, de los relatos, como si nunca hubiéramos tenido agencia, como si no hubiéramos tomado ninguna decisión ni significado ningún cambio. Somos cuerpos que se cuidan, a sí mismas, fuera de sus miradas juiciosas, solo por nuestra salud y nuestro disfrute. Somos cuerpos que cambian a su antojo y se adornan si quieren, pero no como ellos querrían. Y que defienden su identidad, su expresión, su estar en el mundo.
Nuestros cuerpos también cuidan y sostienen y acompañan y son cuidados, sostenidos y acompañados por las que son como nosotras. Y combinamos todo este trabajo reproductivo con el trabajo productivo condenando nuestra salud por culpa de este sistema miserable. También algunas somos migrantes y se revuelven porque tal vez nuestro color de piel o alguna de nuestras expresiones culturales, según ellos, les ataca. Y somos las locas, las exageradas; las frígidas o las que desearon demasiado; las que hablan muy fuerte o las que siempre callan.
Porque algunas somos madres, quizá felices, pero también somos las arrepentidas, y, seguro, las cansadas, porque la crianza nunca fue compatible con este sistema que nos asfixia. Y otras somos niñas, aunque la crueldad de tantos y su abultado poder nos robe a veces la infancia. Y somos hijas, sobrinas, abuelas, tías o ninguna de esas cosas.
Somos las que, todos los días, infatigables, ponemos en práctica el apoyo mutuo para no dejarnos caer las unas a las otras. Nos tendemos las manos y nos las ofrecemos, por más que nos encierren, como a las compañeras de la Suiza; por más que sus miradas nos señalen, nos expulsen, nos ahoguen.
Sabemos que la historia no es lineal y que los derechos adquiridos hay que defenderlos. Y que podemos conquistar nuevos, porque organizadas no pueden con nosotras. El antifascismo, sin embargo, sí que nos define. Así que hoy, como siempre, nos tendrán enfrente.
Porque desbordamos su mundo. Y lo derribaremos hasta construir el nuestro, el nuevo, en el que sabemos que cabemos todas. Este 8M, como todos los días, seguiremos luchando.
Organizadas. Juntas. Diversas.

















