La reciente cita en el programa «First Dates» ha dejado a la audiencia con una mezcla de sorpresa y tensión. Alberto y José, ambos octogenarios, se encontraron en un ambiente que prometía ser relajado y divertido, pero que pronto se tornó en un escenario cargado de incomodidad. Ambos aceptaron participar en la cena, aunque hay quienes aseguran que, de haber dependido de José, el encuentro jamás habría llegado a producirse.
Alberto, de 79 años, llegó a la cita con un atrevido look que desafiaba los estereotipos de edad y género: un vestido de piel rojo vibrante, collar de perlas y un maquillaje meticulosamente aplicado. «Me encanta llamar la atención», declaró con un aire de confianza que contrastaba notablemente con la expresión de su compañero de cita. Desde el primer momento, José, que a sus 80 años aún mantenía una perspectiva muy tradicional, no pudo ocultar su incredulidad y desagrado al ver a Alberto en esa apariencia. «Me quedé sin habla cuando lo vi», confesó. La incomodidad se palpaba en el aire antes incluso de que el primer brindis fuera levantado.
El desencuentro fue inmediato. José, sin rodeos, expresó su descontento: «No te esperaba así. Te esperaba normal, como yo. En mi pueblo, me apedrean». Su comentario no pasó desapercibido y provocó una respuesta defensiva de Alberto. «¿Qué tengo yo que no tengas tú?», preguntó, desafiando la visión conservadora de su cita. La respuesta de José fue clara y hiriente: «¡Mucha pintura!», subrayando un choque de visiones que se hizo evidente durante toda la cena.
El ambiente se volvió tenso, casi como un iceberg que flotaba entre ellos, helando cualquier tentativa de conversación y llenando el espacio de silencios incómodos. José continuó insistiendo en su postura, afirmando que no podría presentarlo a su familia si lucía de esa manera. La frustración entre ambos se palpó a lo largo de la noche; José no dudó en usar su móvil como un refugio para escapar de la mirada de su compañero, que, aparentemente, nunca había solicitado una cita a ciegas de este calibre.
Pese a las expectativas de una salida abrupta, ocurrió lo inesperado: Alberto decidió retirarse al baño para quitarse gran parte del maquillaje, buscando así calmar la tensión. Una camarera, sorprendida por la situación, le preguntó si se sentía feliz, a lo que Alberto respondió con una sonrisa, mostrando una elegancia inesperada en medio del desencuentro. A pesar de esta decisión, José se mantuvo reacio, alegando que su familia lo rechazaría si lo viesen acompañado de alguien como Alberto.
La cita cerró con un ambiente más ligero, pero quedó claro que la incomprensión y los prejuicios aún pesan en la balanza de la diversidad y la aceptación. Esta experiencia no solo puso de manifiesto las diferencias generacionales en la percepción del género y la expresión personal, sino que también resaltó la necesidad de seguir trabajando hacia una sociedad más inclusiva, donde cada uno pueda lucir y ser como desee, sin miedo al juicio ajeno.















