En menos de una década, Anduril ha pasado de ser una apuesta arriesgada a un coloso de 61.000 millones de dólares. En una entrevista con CNBC International, su cofundador y CEO, Brian Schimpf, desgranó cómo la inteligencia artificial, la fabricación rápida y un entorno geopolítico convulso están acelerando una revolución en la industria de la defensa.
De startup a gigante de 61.000 millones: el contexto geopolítico
Cuando Schimpf y sus socios fundaron la empresa en 2017, el mundo parecía haber dejado atrás las grandes guerras. “Todos decían que nunca volvería a haber conflictos”, recordó el CEO. La simple idea de considerar a China un adversario era polémica, y los inversores de capital riesgo tenían que modificar sus acuerdos para siquiera poder apostar por la defensa. Pero en pocos años, el giro estratégico de Estados Unidos hacia la competencia con China y la guerra en Ucrania lo cambiaron todo. De repente, los portaaviones y las plataformas aéreas tradicionales parecían vulnerables, y los drones de bajo coste —como los Shahed iraníes— demostraron que el campo de batalla se había vuelto más letal, más barato y más autónomo.
A ese choque geopolítico se sumó una frustración acumulada durante dos décadas: los grandes contratistas tradicionales rara vez cumplían plazos o presupuestos. “Si hubiera que apostar, la probabilidad de que un programa se exceda en costes y no cumpla lo prometido es de casi el 100%”, ironizó Schimpf. Esa combinación de urgencia militar y descontento con el statu quo abrió la puerta a una nueva generación de empresas que, como Anduril, prometen entregar resultados rápidos y tangibles.
El software como sistema nervioso del campo de batalla autónomo
Schimpf insiste en que Anduril no es un fabricante de armas al uso, sino una empresa de tecnología aplicada a la defensa. El corazón de su propuesta es Lattice, una plataforma de software que actúa como sistema operativo del campo de batalla conectado. “Vamos a tener miles de sistemas desplegados: drones, sensores, misiles. Esa cantidad de información abruma a cualquier humano”, explicó. Lattice fusiona los datos de todos esos sensores, aplica inteligencia artificial para procesarlos y presenta a los mandos solo las decisiones críticas donde el criterio humano es insustituible. La IA no dispara ni decide por sí sola; es una herramienta para que los comandantes, que siguen siendo los responsables últimos, lo hagan con mucha más precisión.
El CEO fue tajante al abordar el debate sobre el “arma autónoma letal”: “Nadie, ni el Pentágono ni nosotros, quiere la versión demencial de esto”. Recordó que los torpedos con capacidad de discriminar blancos por firma acústica existen desde los años setenta, y que la IA solo los hace más precisos y menos propensos a errores. “Decir que no deberíamos tener armas con IA es abogar por armas más tontas, y eso es un mundo estrictamente peor”, afirmó.
‘La inteligencia artificial está ahí para que los humanos tomen mejores decisiones, con supervisión y responsabilidad.’
— Brian Schimpf, CEO de Anduril
Fabricar a la velocidad de Silicon Valley: la nueva cadena de suministro
Uno de los pilares diferenciales de Anduril es su enfoque industrial. Schimpf describió cómo la empresa ha integrado verticalmente la producción de componentes clave —desde los motores de cohete hasta el fuselaje de sus misiles de crucero— para no depender de una cadena de suministro fragmentada y llena de cuellos de botella. “Controlar tu destino es lo importante; no puedes permitirte que el eslabón más débil de tu cadena determine si puedes entregar o no”, señaló. La compañía prevé producir entre 5.000 y 6.000 misiles el próximo año, una cifra modesta para los estándares de consumo masivo, pero que en defensa exige una agilidad de la que carecen los actores tradicionales.
Esa velocidad de producción se traduce en un crecimiento explosivo. Schimpf adelantó que este año los ingresos por fabricación crecerán un 400% respecto al anterior, y que esperan mantener tasas de crecimiento superiores al 100% anual en los próximos ejercicios. La plantilla, que ya ronda las 12.000 personas, se expande sobre todo en Estados Unidos, donde el Pentágono está canalizando cada vez más presupuestos hacia tecnologías de nueva generación como la defensa aérea, los drones autónomos y los sistemas de ataque de precisión.
Cuellos de botella estratégicos: chips, imanes y titanio
A pesar del optimismo, Schimpf advirtió que la cadena de suministro global es un campo de minas. China lleva décadas estrangulando deliberadamente suministros estratégicos, desde los imanes de tierras raras hasta el germanio para lentes infrarrojas o el cobre para placas de circuito impreso. “Es una estrategia muy intencionada: controlan el refinado, no solo la extracción, y lo usan como palanca negociadora”, explicó. Anduril está colaborando con el Pentágono para encontrar fuentes alternativas de uranio, titanio y hafnio, al tiempo que aprovecha la ventaja de que los pedidos de defensa estadounidenses saltan al principio de la cola en las fábricas de semiconductores.
En el apartado de chips, el CEO fue realista: “Podríamos gastar cualquier cantidad de dinero en diseñar nuestros propios semiconductores y el mundo estaría exactamente igual dentro de cinco años. Nos conviene aprovechar lo que ya funciona en el mercado”. Anduril diseña silicio a medida solo cuando no hay alternativa comercial; en la mayoría de los casos, prefiere usar componentes estándar de la industria, igual que un fabricante de teléfonos Android integra piezas de distintos proveedores.
Europa y la soberanía industrial: ¿coproducción o exportación?
La conversación también abordó el creciente interés de los países europeos por contar con capacidades de defensa autónomas. Schimpf confirmó que Anduril mantiene conversaciones con prácticamente todos los gobiernos del continente para explorar fórmulas de coproducción o licencias de fabricación local. “Cada país tiene su propia idea de qué control necesita sobre su base industrial de defensa. Nosotros somos flexibles: a veces pondremos una oficina y una fábrica propias, otras trabajaremos con socios locales”, dijo. En el Reino Unido, la empresa ya emplea a unas 150 personas y desarrolla tecnología de forma autóctona.
Implicaciones: el futuro de la defensa ya está aquí
La apuesta de Anduril dibuja un futuro en el que la defensa se parece cada vez más a la industria tecnológica: iteración rápida, software omnipresente y producción flexible. Para el lector de Diario de Castilla-La mancha, la lección es doble: por un lado, la tecnología de consumo y la militar comparten cada vez más raíces —los mismos chips, las mismas lógicas de cadena de suministro—; por otro, la batalla por los recursos estratégicos (tierras raras, semiconductores, materiales avanzados) no se libra solo en los despachos de Washington y Pekín, sino que condiciona la capacidad industrial de cualquier país aliado. El mensaje de Schimpf es nítido: el que sea capaz de fabricar rápido, controlar su cadena de suministro y desplegar software inteligente dominará el nuevo campo de batalla autónomo.
La pregunta que queda en el aire es si los sistemas políticos y regulatorios de Occidente sabrán moverse a la velocidad que exige esta nueva carrera armamentística. Mientras tanto, la “Llama del Oeste” —el significado de Anduril en la ficción de Tolkien— sigue forjando un arsenal donde las decisiones de vida o muerte se toman con la asistencia de algoritmos, pero siempre, insisten, bajo supervisión humana.
Puedes ver la entrevista completa en el vídeo original de CNBC International:















