En el parque Millenáris de Budapest, el aroma del café y el sabor del tradicional pastel húngaro kürtőskalács acompañaban la reunión de destacados líderes de la extrema derecha europea, bajo la mirada del primer ministro húngaro, Viktor Orbán. Este evento, que en apariencia podría haber sido un simple encuentro social, se convirtió en un hito político: la «primera gran asamblea» de los Patriotas por Europa, un grupo que busca consolidar su fuerza en el Parlamento Europeo y a escasos días de elecciones cruciales en Hungría. Para Orbán, que enfrenta por primera vez en 16 años el riesgo de perder la mayoría, este respaldo internacional es vital.
Los elogios hacia Orbán, manifestados por figuras como Marine Le Pen y Geert Wilders, buscaban desmantelar la percepción de aislamiento que enfrenta el húngaro. Con un discurso que enfatiza su papel como «protector de Europa», estos líderes intentaron reforzar la idea de que el futuro de Europa podría estar en sus manos, en un contexto donde Orbán ha bloqueado sanciones contra Rusia, desafiando las normas de la UE. En este clima de tensión, la visita del vicepresidente estadounidense JD Vance añadió una capa de complejidad, ya que expresó su apoyo a Orbán en medio de un clima electoral volátil.
Mientras Orbán intenta mostrar control y fuerza ante un electorado que empieza a desafiar su dominio, las encuestas advierten que su partido, Fidesz, está perdiendo terreno frente a nuevos movimientos emergentes. La atmósfera en Budapest es una mezcla de confianza y desafío, donde los líderes ultraderechistas afirman que el resultado electoral puede marcar un giro en la política europea, mientras Bruselas observa de cerca, consciente de que cualquier injerencia pública podría servir de combustible para la narrativa de Orbán, quien está decidido a mantener su posición en un panorama electoral cada vez más reñido.
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